El punto ciego
Seis sesgos, y una sola pregunta para cada uno: ¿a quién le afecta más, a ti o a la media de la gente? Contesta a ojo y sin pensarlo mucho.
Mueve cada barra hacia donde te parezca.
El centro significa «a mí me afecta igual que a la media de la gente». A la izquierda, que a ti te afecta menos; a la derecha, que a ti te afecta más. Si alguno no lo conoces, déjalo en el centro.
Qué acaba de pasar
En 2002, Emily Pronin y su equipo hicieron algo parecido con ocho sesgos y varios centenares de personas. El resultado fue que casi todo el mundo se colocaba por debajo de la media en casi todos — y eso, siendo una media, no puede ser. A eso se le llama punto ciego: reconocemos los sesgos en los demás con facilidad y en nosotros casi nunca.
Esto tiene consecuencias que no son teóricas. Es la razón por la que dos personas discutiendo se consideran las dos la parte objetiva; por la que un tribunal cree que su criterio es puramente técnico; y por la que «yo te lo digo sin manía» abre la mitad de los conflictos de casa. Y también es la razón por la que leerse la biblioteca de sesgos entera puede no cambiar nada: es fácil terminarla con una lista de gente a la que le vendría bien.
De dónde sale esto y qué no es. Pronin, E., Lin, D. Y. y Ross, L. (2002). The bias blind spot: perceptions of bias in self versus others. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(3), 369–381. Aquí solo estás tú y seis barras: el efecto es de grupo, y una persona sola puede salir en cualquier sitio. Colocarte por debajo de la media no demuestra nada sobre ti, y colocarte por encima tampoco. No puntúa nada.
Esto era un experimento de dos minutos.
Ver cómo funciona la cabeza está bien; cambiar algo de lo que te pasa se hace mejor con alguien delante. Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649: trabajo online para toda España y presencial en Valencia.
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