El coste hundido
Un sábado, un festival y una decisión de nada. Contesta tú primero y luego mándaselo a alguien: le va a salir el mismo sábado contado con un cambio muy pequeño.
Decide tú.
No le des muchas vueltas: lo que interesa es lo que te sale, no lo que decidirías con una hoja de cálculo.
Aquí no se guarda ni se cuenta nada de lo que respondes: ni en tu navegador ni en ningún servidor.
Una última, y es corta.
Aquí ya da igual la versión que te haya tocado: la situación es la misma para todo el mundo.
Un amigo tuyo se ve exactamente en la misma situación —entrada comprada, catarro, lluvia, un plan mejor en casa— y te pregunta qué hace.
Qué acaba de pasar
Esto se llama falacia del coste hundido: dejar que un gasto que ya no se puede recuperar decida lo que haces ahora. Si has dicho que vas —y sobre todo si te ha tocado la versión con la entrada pagada—, mira qué has comprado con esa decisión: el dinero no vuelve por ir. Lo único que cambia es que al dinero perdido le sumas un sábado malo, con fiebre y bajo la lluvia.
La prueba de que el gasto sobra en la ecuación es la otra versión. Mismo día, mismo catarro, mismo plan en casa; solo cambia de dónde salió la entrada. Y a casi nadie le cuesta quedarse en casa cuando la entrada era un regalo. Si la respuesta cambia por algo que ya ocurrió hace tres meses y no se puede deshacer, la respuesta la está dando el pasado.
Dónde aparece cuando no es un ejercicio
En la carrera que no te gusta pero llevas tres años y no vas a «tirarlos». En la relación que no va a ningún sitio, pero han sido ocho años. En el libro malo que terminas porque lo empezaste. En el móvil al que le haces la cuarta reparación porque ya llevas gastadas dos. En el proyecto al que has metido cien horas y no quieres que hayan sido en balde. Siempre el mismo movimiento: seguir por lo que ya pusiste, no por lo que viene.
Aquí no hay moralina, y desde luego no hay que dejarlo todo. Seguir suele ser la buena decisión: hay carreras que se acaban porque lo de después compensa, y relaciones que atraviesan un mal año y salen. Lo que hay que quitar de la cuenta es lo ya gastado. La pregunta útil no es «cuánto llevo metido», es esta otra: si empezara hoy, desde cero y sin nada puesto, ¿elegiría esto? Si la respuesta es sí, sigues con motivos de hoy. Si es no, los tres años no lo arreglan.
De dónde sale esto y qué no es. Arkes, H. R. y Blumer, C. (1985). The psychology of sunk cost. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 35(1), 124–140. En el experimento original se pedía imaginar que habías comprado por 100 dólares un fin de semana de esquí en Michigan y, después, por 50 dólares otro en Wisconsin —que te parecía mejor plan—; al descubrir que los dos viajes caían el mismo fin de semana y que ninguna de las dos entradas se podía devolver ni vender, la mayoría eligió el viaje caro, el de Michigan, aunque el otro les apetecía más. Aquí se ha cambiado el escenario por un festival y un sábado de lluvia; el mecanismo es el mismo. Esto no mide nada de ti: no puntúa, no compara y no diagnostica. Ir al festival no es «fallar» —hay mil motivos razonables para ir— y quedarte en casa no te hace más racional que nadie.
Esto era un experimento de dos minutos.
Ver cómo funciona la cabeza está bien; cambiar algo de lo que te pasa se hace mejor con alguien delante. Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649: trabajo online para toda España y presencial en Valencia.
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