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🧪 Experimento · Dos minutos

El punto ciego

Seis sesgos, y una sola pregunta para cada uno: ¿a quién le afecta más, a ti o a la media de la gente? Contesta a ojo y sin pensarlo mucho.

Mueve cada barra hacia donde te parezca.

El centro significa «a mí me afecta igual que a la media de la gente». A la izquierda, que a ti te afecta menos; a la derecha, que a ti te afecta más. Si alguno no lo conoces, déjalo en el centro.

0tu media (negativo = «a mí menos»)
0de 6 puestos por debajo de la media

Qué acaba de pasar

En 2002, Emily Pronin y su equipo hicieron algo parecido con ocho sesgos y varios centenares de personas. El resultado fue que casi todo el mundo se colocaba por debajo de la media en casi todos — y eso, siendo una media, no puede ser. A eso se le llama punto ciego: reconocemos los sesgos en los demás con facilidad y en nosotros casi nunca.

Y el motivo no es orgullo. Es que buscamos en el sitio equivocado. Al juzgar a otro miramos lo que hace. Al juzgarnos a nosotros miramos lo que sentimos por dentro — y por dentro un sesgo no se siente como nada. No hay una vocecita avisando; el sesgo se nota en el resultado, no en la sensación. Por eso mirar hacia dentro, que parece el camino natural, es justo la herramienta que aquí no sirve.

Esto tiene consecuencias que no son teóricas. Es la razón por la que dos personas discutiendo se consideran las dos la parte objetiva; por la que un tribunal cree que su criterio es puramente técnico; y por la que «yo te lo digo sin manía» abre la mitad de los conflictos de casa. Y también es la razón por la que leerse la biblioteca de sesgos entera puede no cambiar nada: es fácil terminarla con una lista de gente a la que le vendría bien.

Y entonces, ¿qué se hace? Mirar decisiones, no intenciones. A quién contrataste, a quién le diste la razón, cuánto tardaste en contestar a cada uno. El sesgo deja rastro en los resultados y no deja ninguno en la sensación, así que la única forma de pillarlo en uno mismo es tratarse como se trata a los demás: por lo que hizo. La ficha está en el punto ciego, y los seis de arriba, uno por uno, en la biblioteca de sesgos.

De dónde sale esto y qué no es. Pronin, E., Lin, D. Y. y Ross, L. (2002). The bias blind spot: perceptions of bias in self versus others. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(3), 369–381. Aquí solo estás tú y seis barras: el efecto es de grupo, y una persona sola puede salir en cualquier sitio. Colocarte por debajo de la media no demuestra nada sobre ti, y colocarte por encima tampoco. No puntúa nada.

Y ahora, en orden. Los sesgos de arriba tienen cada uno su ficha en la biblioteca, y varios tienen su propio experimento: el anclaje, el 2-4-6 y el coste hundido.

Esto era un experimento de dos minutos.

Ver cómo funciona la cabeza está bien; cambiar algo de lo que te pasa se hace mejor con alguien delante. Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649: trabajo online para toda España y presencial en Valencia.

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