Investigadores han estudiado cómo las adversidades personales (enfermedad, pérdidas económicas, trauma) pueden llevarnos a creer más en teorías conspirativas. A través de tres estudios con un total de 1.284 participantes, encontraron que la clave está en cómo percibimos la injusticia: cuando experimentamos adversidades y las vivimos como injustas, es más probable que veamos eventos importantes como resultado de tramas secretas de grupos poderosos.
El primer estudio confirmó que existe un vínculo indirecto: la adversidad aumenta la creencia en conspiraciones, pero solo cuando pasa por la percepción de injusticia. El segundo estudio comparó víctimas de violencia con no-víctimas, mostrando que los primeros reportaban mayor sensación de injusticia y, consecuentemente, más creencia conspirativa. El tercero manipuló experimentalmente esta percepción: cuando se enfatizaba la injusticia, los participantes creían más en conspiraciones.
Estos hallazgos sugieren que la creencia en conspiraciones no es irracional, sino una respuesta psicológica comprensible a experiencias de injusticia real. Esto abre perspectivas para entender por qué ciertos grupos son más susceptibles a estas narrativas y cómo la desconfianza institucional se genera, con implicaciones para la confianza social y la resiliencia.