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📎 Guía gratuita · Familia

Rabietas y enfados de los niños

Por Miguel Martínez, psicólogo · Colegiado nº CV17649

Seis herramientas para cuando en casa hay estallidos a diario, acabas gritando tú también y luego te sientes fatal.

Ilustración: el ratón de Psicolinks junto a una casa con la ventana encendida
La idea de fondo. Hay una creencia que estropea casi todas las respuestas: que la rabieta es un cálculo. No lo es. A esas edades el freno que apaga una emoción grande todavía no está montado, y el niño se desborda igual que se desbordaría sin público. De ahí salen las dos reglas que mejor funcionan: primero se calma y después se habla —porque en pleno estallido no entra nada—, y se puede entender lo que siente sin mover el límite ni un milímetro.

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Seis herramientas

Herramienta 1

Una rabieta no es manipulación

A los dos o tres años el cerebro no tiene todavía con qué frenar una emoción grande. No te está midiendo ni ha calculado nada: se ha desbordado. Verlo así cambia por completo cómo respondes.

Hazlo así: cuando pienses «lo hace para salirse con la suya», comprueba si ocurre igual cuando no hay nadie mirando. Casi siempre sí.

Herramienta 2 · El orden que lo cambia todo

Primero se calma, después se habla

En pleno berrinche no entra ninguna explicación: el niño no está en condiciones de escuchar y tú acabas repitiendo razones a alguien que no puede procesarlas.

Hazlo así: baja el volumen y las palabras. Ponte a su altura, quédate cerca, di poco. Cuando haya bajado —y solo entonces— se habla de lo que ha pasado, y en dos frases.

Herramienta 3

Nombra la emoción y mantén el límite

Se confunde mucho: entender lo que siente no es ceder. Se pueden hacer las dos cosas a la vez, y de hecho es lo que mejor funciona.

Hazlo así: «Entiendo que estés furioso porque querías ese juguete. No lo vamos a comprar.» Las dos frases juntas, en ese orden y sin discurso detrás.

Herramienta 4

Mira qué hay antes: casi siempre sueño o hambre

La mayoría de las rabietas ocurren a las mismas horas: antes de comer, al final de la tarde, después de un día largo. No es casualidad y no es carácter.

Hazlo así: apunta tres días la hora de cada estallido. Si se concentran, la solución no es educativa sino de horarios: adelantar la cena, proteger la siesta, no hacer la compra a las ocho.

Herramienta 5

No negocies en el suelo del supermercado

Ceder en mitad del berrinche enseña que ese es el camino, y castigar en caliente suele acabar en gritos de los que uno se arrepiente. Ninguna de las dos educa nada.

Hazlo así: saca al niño de la situación sin sermón, espera, y luego habla. Y si te has pasado gritando, repáralo después: pedir perdón a un hijo enseña más que cualquier norma.

Herramienta 6

Enséñale palabras cuando esté tranquilo

Un niño que sabe decir «estoy enfadado» necesita menos tirarse al suelo. Pero eso no se aprende en pleno estallido: se aprende en los ratos buenos.

Hazlo así: en momentos de calma, ponedles nombre a las emociones —en cuentos, en dibujos, en cosas que os pasan— y practicad qué hacer con ellas. Es prevención, y se nota en unas semanas.
Cuándo consultar. Si los estallidos son muy frecuentes y muy largos pasados los cinco o seis años, si hay agresiones que no ceden, o si en casa la convivencia se ha vuelto una guerra diaria, merece la pena una valoración: hay programas de orientación a padres con muy buenos resultados y suelen ser cortos. Tienes también «Gritar menos a los hijos» y «Agotamiento de padres».

¿Y si quieres trabajarlo con alguien?

Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649. Paso consulta online para toda España y presencial en Valencia. Si esto que cuenta la guía te está pasando de verdad y quieres que alguien mire tu caso, escríbeme y te digo cómo trabajo, sin compromiso.

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