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📎 Guía gratuita · Familia

Poner límites a tus padres siendo adulto

Por Miguel Martínez, psicólogo · Colegiado nº CV17649

Seis herramientas para cuando cada visita acaba mal, opinan de todo o sales de sus llamadas con un peso raro, y no quieres romper la relación pero así no puedes seguir.

Ilustración: el ratón de Psicolinks junto a una casa con la ventana encendida
La idea de fondo. Poner límites a los padres se atasca casi siempre en el mismo sitio: lo que llamamos límite suele ser en realidad una petición de que ellos cambien. Y no cambian, o no a base de que se lo pidas. Un límite de verdad no habla de lo que el otro debe hacer, sino de lo que tú vas a hacer cuando ocurra: cuánto te quedas, de qué hablas, cuándo cuelgas. Eso sí depende de ti, y es lo único que se puede sostener.

¿Prefieres guardarla o imprimirla? Descárgala en PDF para tenerla a mano.

Seis herramientas

Herramienta 1

Un límite es lo que vas a hacer tú

La mayoría de los intentos fracasan porque en realidad son peticiones de cambio: «no me critiques», «no te metas». Eso depende de ellos, y por eso no se cumple. Un límite depende de ti.

Hazlo así: reescríbelo en primera persona y con acción: en vez de «no me hables así», «si me hablas así, cuelgo y te llamo mañana». Y luego cúmplelo, que es la parte difícil.

Herramienta 2 · La del momento

No lo negocies en caliente ni por sorpresa

Los límites puestos en mitad de una discusión suenan a ataque y se convierten en el tema. Puestos en frío suenan a información.

Hazlo así: elige un momento tranquilo y sé breve: qué vas a hacer, desde cuándo y por qué te importa. Sin discurso largo, que cuanto más te explicas más superficie das para discutir.

Herramienta 3

Prepárate para la reacción, que va a haber

Cuando alguien cambia las reglas de una relación de treinta años, lo normal es que el otro proteste, se ofenda o se ponga triste. Eso no significa que estés haciendo daño ni que te hayas pasado: significa que ha cambiado algo.

Hazlo así: decide de antemano qué vas a hacer con el enfado, el silencio o el «con lo que yo he hecho por ti». Sostener sin ceder los primeros intentos es lo que hace que el límite se aguante después.

Herramienta 4

La culpa no es la señal de que te has equivocado

Casi todo el mundo siente culpa al poner el primer límite a un padre o una madre, incluso cuando el límite es razonable. La culpa aparece porque estás haciendo algo nuevo, no porque esté mal.

Hazlo así: no discutas con la culpa ni te justifiques delante de ella. Nota que está, y mantén lo que decidiste. Baja bastante a partir de la tercera o cuarta vez.

Herramienta 5

Elige tus batallas y baja el listón

Intentar que cambien de opinión, de carácter o de modales suele ser una guerra perdida. Lo que sí puedes cambiar es cuánto tiempo pasas, dónde, con quién delante y de qué temas se habla.

Hazlo así: haz dos listas: lo que puedes dejar pasar y lo que no. La primera debería ser bastante más larga. Los límites funcionan mejor cuando son pocos y firmes que cuando son muchos y flojos.

Herramienta 6

Distancia no es ruptura

Entre la relación de siempre y no hablarse hay muchísimo espacio: menos frecuencia, visitas más cortas, verse en terreno neutral, hablar de menos temas. Casi nadie necesita la opción radical.

Hazlo así: ajusta la dosis en vez de cortar. Y si hubo maltrato o la relación te deja hundido cada vez, la distancia larga también es una opción legítima y no tienes que justificarla ante nadie.
Un apunte. Si al plantearte esto aparece mucha culpa, si vienes de una familia donde poner un límite se castigaba, o si cada intento acaba en una crisis familiar, trabajarlo acompañado ayuda mucho: se avanza más rápido y se sostiene mejor.

¿Y si quieres trabajarlo con alguien?

Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649. Paso consulta online para toda España y presencial en Valencia. Si esto que cuenta la guía te está pasando de verdad y quieres que alguien mire tu caso, escríbeme y te digo cómo trabajo, sin compromiso.

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