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🧪 Experimento · Dos minutos

El falso recuerdo

Este no va de lo que piensas: va de lo que recuerdas. Y hace falta que no leas nada más antes de empezar.

Van a pasar quince palabras, una a una.

Léelas y ya está: no hace falta que las memorices ni que hagas trucos. Van rápido y no se pueden volver atrás. Después habrá veinte segundos de pausa y una prueba corta de memoria.

Necesita dos minutos seguidos y sin interrupciones. Si vas a poder, empieza.

Léelas, sin más

 

Veinte segundos de pausa.

Ve restando tres, en voz baja, tan rápido como puedas. Sirve para vaciar la memoria inmediata — en el estudio original ponían cuentas justo aquí, por lo mismo.

300

Quedan 20 s

1 de 9

¿Esta palabra estaba en la lista?

 

Qué acaba de pasar

Las quince palabras eran todas vecinas de una misma: cama, almohada, roncar, siesta… La cabeza no guarda quince palabras sueltas, guarda el sentido — y al reconstruir, rellena con lo que encaja. Por eso la palabra que nunca apareció se siente exactamente igual de vista que las que sí: no es que la confundas, es que la memoria la ha fabricado con el mismo material que las otras.

Y el dato del estudio es peor de lo que parece. Roediger y McDermott lo midieron en 1995: la palabra que no estaba se reconocía como vista el 81 % de las veces — por encima del 79 % de las que sí estaban. El recuerdo falso no era más débil que el verdadero. Era más fuerte.

Fuera del laboratorio esto tiene una consecuencia incómoda: la sensación de certeza no sirve para saber si un recuerdo es real. Lo notas igual de nítido en los dos casos. Y esa es la frase que cierra la mitad de las discusiones de pareja y de familia — «yo sé perfectamente lo que dijiste» —, dicha además con toda la buena fe del mundo, porque quien la dice no está mintiendo: se acuerda de verdad.

Qué se hace con esto. No desconfiar de todo, que no lleva a ningún sitio. Dos cosas concretas: en una discusión, cambiar «tú dijiste» por «yo entendí», que es lo único que puedes afirmar con seguridad. Y para lo que importa, apuntarlo en el momento en vez de fiarlo a la memoria — que es exactamente para lo que sirven las hojas de registro: no porque tengas mala memoria, sino porque la memoria de todo el mundo funciona así.

De dónde sale esto y qué no es. Roediger, H. L. y McDermott, K. B. (1995). Creating false memories: Remembering words not presented in lists. Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition, 21(4), 803–814. El diseño es el suyo; las listas de palabras del original son en inglés y las de aquí están armadas para esta página, así que esto no es una réplica: es una versión de salón, con nueve preguntas en vez de una prueba completa. Sirve para notar el efecto, no para medirte. No es una prueba de memoria, no puntúa nada y no dice absolutamente nada de ti — ni si picas ni si no picas.

Esto era un experimento de dos minutos.

Ver cómo funciona la cabeza está bien; cambiar algo de lo que te pasa se hace mejor con alguien delante. Soy Miguel Martínez, psicólogo colegiado nº CV17649: trabajo online para toda España y presencial en Valencia.

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