Un análisis publicado en The Lancet revisa el estado actual del conocimiento sobre los trastornos de la conducta alimentaria, reconociéndolos como trastornos psiquiátricos graves que afectan no solo al individuo, sino también a sus familias y al conjunto de la sociedad. En particular, la anorexia nerviosa presenta un riesgo médico agudo considerable y una ambivalencia del paciente hacia el tratamiento que dificulta su engagement terapéutico.
Actualmente, los tratamientos de primera línea son fundamentalmente psicológicos, con medicamentos en un papel secundario. Las intervenciones biológicas y basadas en tecnología están emergiendo muy lentamente. El documento subraya que, en comparación con otros trastornos psiquiátricos, la investigación en estos ámbitos está seriamente infrafinanciada, lo que deja sin resolver muchas incógnitas sobre su origen, mantenimiento y tratamiento.
Para avanzar, los expertos proponen un enfoque basado en estudios longitudinales con evaluaciones multimodales, uso de big data para comprender mejor los mecanismos subyacentes, y diseños de ensayos más flexibles que permitan desarrollar intervenciones más personalizadas y precisas.