Investigadores estudiaron a 84 pacientes que habían sufrido un ictus recurrente para entender cómo el estrés y la función cognitiva se relacionan con nuevos episodios. Utilizaron cuestionarios sobre estrés (ISMA) y pruebas de cognición (MMSE), junto con análisis estadísticos avanzados para detectar interacciones entre variables.
Encontraron que el estrés psicológico se asociaba con mayor recurrencia de ictus, mientras que una buena función cognitiva se asociaba con menor recurrencia. Lo más relevante: la cognición «amortiguaba» el efecto negativo del estrés, es decir, los pacientes con mejor función cognitiva conseguían que el estrés les afectase menos.
Para la práctica clínica, esto significa que evaluar rutinariamente tanto el estrés como el estado cognitivo de los pacientes post-ictus podría ayudar a enfermeras y médicos a identificar quiénes necesitan intervenciones más intensas de prevención secundaria.