Investigadores reclutaron a 56 adultos jóvenes a los que sometieron a una restricción de sueño de 4 horas. Luego, la mitad realizó una sesión de ejercicio aeróbico moderado mientras que la otra mitad descansó sentada. Antes y después, midieron tanto su actividad cerebral (mediante EEG) como sus sensaciones subjetivas de energía, fatiga, somnolencia y alerta.
Los resultados mostraron que el grupo que hizo ejercicio reportó mejoras significativas en cómo se sentía: más energía, más alerta y menos fatiga y somnolencia. Sin embargo, no hubo diferencias en el rendimiento cognitivo real ni en la actividad cerebral medida durante una tarea de atención (prueba oddball).
Esto sugiere que el ejercicio tiene un efecto motivacional y emocional importante tras la pérdida de sueño, aunque probablemente no recupere completamente la capacidad de concentración o toma de decisiones complejas. Es relevante porque muchas personas recurren al ejercicio como estrategia para recuperarse de noches cortas, y ahora sabemos en qué nos ayuda realmente.