Investigadores analizaron 20 estudios sobre trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C) en refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos, incluyendo datos de más de 12.500 personas. El TEPT-C combina síntomas clásicos de TEPT con problemas graves en la regulación emocional, autoestima y relaciones personales. Los resultados mostraron variabilidad importante: desde el 3% hasta el 74,6% según el contexto, con un promedio de 20,9%, pero cifras mucho más altas (55,2%) entre personas que buscaban tratamiento.
Un hallazgo clave fue que los solicitantes de asilo presentaban prevalencias notablemente superiores a los refugiados. Además, las dificultades posteriores a la migración—como la pobreza, inseguridad legal y exclusión social—se asociaban más fuertemente con síntomas de TEPT-C que el propio trauma previo. Esto sugiere que el trauma no termina cuando se llega a seguridad; continúa alimentándose de la incertidumbre y la adversidad estructural.
En la práctica, estos resultados subrayan que el apoyo a poblaciones desplazadas no puede limitarse a intervenciones psicológicas sobre el trauma pasado. Es igualmente crítico abordar las condiciones presentes: acceso a documentación legal, reducción de la pobreza, integración social y certidumbre sobre el futuro. Sin estos elementos, la recuperación psicológica se ve severamente limitada.