Investigadores del Longitudinal Study of Generations siguieron a 561 personas durante más de 50 años, desde 1971 hasta 2021, para entender cómo el estrés vivido en la infancia impactaba su salud décadas después. Encontraron que las experiencias estresantes tempranas predicen síntomas depresivos más altos a lo largo de la vida adulta, y que esta depresión persistente se asocia con peor salud física, mayor limitación funcional y percepción de deterioro de salud en la vejez.
Lo interesante es que la autoestima no actuó como mecanismo explicativo, a diferencia de lo que se podría esperar. En cambio, la depresión resultó ser el factor clave que vincula el estrés infantil con los problemas de salud posteriores, actuando como un puente entre esas primeras adversidades y las dificultades físicas y cognitivas en edades avanzadas.
Estos hallazgos subrayan que el impacto del estrés infantil no desaparece con el tiempo, sino que se perpetúa a través de síntomas depresivos a lo largo de toda la vida. La buena noticia es que identificar este mecanismo abre puertas a intervenciones dirigidas a reducir la depresión crónica en personas con historias de adversidad temprana, potencialmente mejorando su calidad de vida en la vejez.