Investigadores estadounidenses analizaron datos de más de mil adultos entre 2019 y 2020 para examinar si el dolor crónico se asociaba con la aparición de síntomas depresivos. Siguieron a personas sin depresión en 2019 y comprobaron cuántas reportaban síntomas depresivos frecuentes un año después.
Los resultados fueron claros: el 9% de quienes tenían dolor crónico reportó depresión nueva en 2020, comparado con el 5,5% del grupo sin dolor crónico. Después de ajustar por edad, género y otras condiciones de salud, el dolor crónico aumentaba 2,3 veces el riesgo de depresión. El efecto era aún más pronunciado en personas con dolor de alto impacto (que limitaba sus actividades), con un riesgo 2,9 veces mayor.
Estos hallazgos sugieren que el dolor crónico no solo es un problema físico, sino que tiene repercusiones emocionales significativas. Los autores subrayan que los tratamientos psicológicos deberían incluirse de forma rutinaria en el manejo del dolor crónico, no como complemento marginal sino como parte integral.